Ruta dos Sequeiros

 

 

Esta ruta comienza en el centro del pueblo de Pena Folenche, donde hay una pequeña plazuela, que dejaremos a mano derecha, para llegar a un camino, que debemos seguir recto y en el primer cruce a la izquierda nos desviaremos.

 

Comienza en un camino de tierra, cuesta abajo y fácilmente practicable. En este punto se pueden apreciar algunas muestras de la flora local, como pueden ser las xestas, escondite habitual del jabalí o las silvas, que a mediados de verano dan moras de dulce sabor. No tardamos en topar, tras unas cuantas curvas poco pronunciadas, las llamadas “Hortas urbanas” donde se dan gran variedad de productos agrícolas de todo tipo como patatas, judías, pimientos... También podemos observar algunas edificaciones rurales, mas concretamente gallineros, lavaderos o casetos que son utilizados para el almacenaje de leña, principalmente. A la vez que vemos un desvío a la derecha que conviene ignorar para continuar nuestra ruta, nos volvemos a encontrar frente a la vegetación autóctona, silvas de nuevo, entre las cuales son frecuentes ver cierto tipo de aves, culebras o lagartos de vivo colorido.

 

Ocasionalmente se encontrará el visitante con agradables y soleados campos, donde es posible ver al emprendedor labriego gallego atendiendo al ganado. Serán mas de una las ramificaciones que se encontrarán a lo largo de este tramo pero se continuará sin desviarse del camino principal.

 

Mientras se continúa el sendero sorprenderá al caminante la súbita aparición de un castaño de inusual altura, a la derecha del camino. A este mismo lado, unos metros más tarde, veremos el primer souto, finca donde se cultiva, exclusivamente, la castaña. Este árbol tan solo se da a una determinada altura y es el eje de la economía campesina en otoño, época en la que maduran las castañas en el interior de los erizos y son exportadas a todo el mundo.

 

Es poco el trabajo que dan estos árboles, a los que les basta una limpieza de terreno anualmente. También es muy apreciado por su madera, de gran resistencia y aspecto rústico.

 

Son los soutos el hábitat de multitud de aves e insectos, además de huidizos mamíferos como el jabalí, el zorro o la ardilla.

 

Desde este punto podemos ver, en la lejanía el cañón del Bibei, a la derecha, y una gran roca surgiendo entre la arboleda a la izquierda. Surgen a la vera del camino como margaritas, de las que proviene la manzanilla o la digitalis, también conocida como cróqueles de las que no solo se puede extraer una efectiva medicina cardíaca sino además un potente veneno. Continuando por la senda veremos una pronunciada curva hacia la izquierda, ignorando una desviación hacia la derecha.

 

Al tomar esta curva nos veremos de súbito ante una esplendorosa vista de “A Fraga” de Rio, otro punto de interés de la comarca. También divisaremos los pueblos de Mouruás y Domecelle. Aquí la flora consistirá en xestas, silvas, castaños, helechos y algunos robles dispersos. Podremos observar, a nuestra izquierda, como los corrimientos de tierra han dejado mella en las paredes con un resultado agradable a la vista.

 

Tras avanzar unos metros, a la izquierda, hay una escalera de piedra de construcción rural que da acceso a uno de los muchos soutos de la zona. Una roca de gran tamaño aparece justo en la parte más abierta de una curva hacia la izquierda, varios líquenes brotan en la piedra dándole un color negruzco.

 

El sol, que hasta ahora había sido una compañía a lo largo del trayecto, se ve ofuscado por el follaje del bosque de castaños en el que nos internaremos.

 

Cabe destacar la cantidad de rocas de tipo granítico que se hallan diseminadas a lo largo de toda la arboleda, estas peñas son de un impresionante tamaño y le dan al souto un aura mágica y mística. En los soutos el canto de aves como la abubilla o la oropéndola ambientarán el trayecto, donde también es posible encontrar aves rapaces y picamaderos, por la noche son frecuentes los búhos y mochuelos.

 

El camino nos conduce directamente frente a una desviación que no tomaremos, pero en la que conviene prestar atención al modo en el que piedras y árboles se escalonan a la izquierda produciendo una maravillosa impresión. En esta misma desviación hay un letrero en el que se puede leer claramente “Castiñeiro ben atendido”. Se trata de un pequeño ejemplar del que sobresale el mimo con el que está cuidado.

 

Siguiendo la ruta hay otro cartel que anuncia la proximidad de los llamados “Castiñeiros do conto”, ejemplares nudosos y antiguos que recuerdan a las viejas fábulas que todo el mundo ha escuchado.

 

Si buscamos hacia la izquierda veremos a la par del sendero un interesante lavadero de piedra tomado por la vegetación. Cerca de este punto del sendero se puede ver, a mano derecha, la carretera comarcal 536.

 

A pesar de todas las desviaciones que se nos abrirán a lo largo del recorrido habremos de seguir escrupulosamente la senda.

 

En algunos lugares el sol se filtrará entre el ramaje y volverá a azotar al senderista, a lo largo de un corto trecho, la senda se pondrá cuesta arriba. Será esta parte del trayecto una buena ocasión para percatarse de cómo la mano del hombre, en ocasiones, contribuye a la expansión de la naturaleza, como atestigua la limpieza de los soutos.

 

Al doblar el recodo formado por una curva que tuerce hacia la izquierda, desde donde podemos volver a contemplar la “la Fraga”, nos toparemos, de sopetón, con el punto culminante de esta ruta: los sequeiros. Un sequeiro comprendía dos partes: la cocina donde se secaban las castañas en la caniceira, sobretecho formado por un entramado de listones de madera interespaciados unos milímetros con el fin de evacuar el humo y facilitar la entrada de calor. La otra parte era la destinada para dormir. Secar las castañas tenía el objetivo de mejor conservación para, entre otras cosas, luego poder comerlas en purgazos, lo cual es cocerlas en leche. Esto se debe a que al secar las castañas se ponen extremadamente duras y es difícil comerlas de otro modo que no sea este. Hay que tener en cuenta que la leche realza el sabor del fruto del castaño y que los antiguos aldeanos no disponían de demasiados recursos alimenticios (patatas, leche, castañas, cerdo y poco más ). Era también muy usual comer la castaña asada cuando aún está sin secar. Para ello se empleaba, y aún se emplea el “cacho”, que se trataba de un caballete metálico debajo de cual estaba el fuego y un recipiente también de hierro pendiente de la parte alta e interna del caballete. En este recipiente era donde se depositaban las castañas, previamente agujereadas para evitar que reventasen. De hecho xiste la fiesta popular del “Magosto”, en la que la castaña asada es la base de la celebración.

 

Hay dos caminos llegados a este punto. Uno continúa recto y es el más duro, mientras que el otro sube una empinada y difícil cuesta sembrada de pequeñas y traicioneras piedras asentadas sobre una tierra que se convertirá en un barro muy enojoso para caminar en caso de lluvias. Será ésta la alternativa que tomaremos para disfrutar de la belleza del conjunto de sequeiros, que, inmersos en la fría sombra que ellos mismos proyectan, se aglomeran a ambos lados del fatigoso camino.

 

No es aconsejable entrar en los sequeiros, ya que en algunos de ellos hay murciélagos que pueden asustar al osado que entre en estas casas, amen de ser estructuras muy inestables. Algunos sequeiros presentan un estado de conservación deplorable y están tomados por hiedras que cubren las paredes de piedra.

 

Siguiendo el camino una señal anuncia la cercanía de ”Homenaxe a castiñeiros e homes vellos”. Es un souto en el que los viejos castaños, contiguos a los sequeiros, parecen ancianos por su aspecto nudoso. En esta dirección poco más se puede hacer ya que el camino se pierde en poco tiempo en el monte siendo en extremo difícil seguirlo.

 

Al lado de esta señal, encontraremos una indicación para volver fácilmente a Pena Folenche. Es un desvío que, cuesta arriba, se interna entre muros de piedra y soutos de singular belleza.

 

Si nos fijamos bien en las esquinas del camino veremos retoños de castaño, en los que aún se puede ver la castaña de la que nacieron. También podremos observar los castaños rellenos de rocas con el objeto de conferirle fortaleza al árbol. Es una senda rústica pero que cualquiera puede hacer sin problemas.

 

No recorreremos más de doscientos metros antes de vernos ante una intersección en la que se nos orienta con un nuevo letrero sobre el camino más rápido a tomar para llegar al punto de destino. Siguiendo estas indicaciones, en seguida se está en el pueblo, en donde nos dará la bienvenida una descomunal roca sobre la que se asientan algunas edificaciones.

 

Otra alternativa para disfrutar más tiempo de senderismo sería tomar, desde los sequeiros el camino que anteriormente ignoramos. Por esta misma ruta y no muy lejos de las casas encontramos un escenario donde el senderista puede descansar. También hay información bilingüe acerca de los trasnos o diablillos, criaturas imaginarias que, según la tradición, eran muy difíciles de ver y en ocasiones ayudaban a los humanos. Nos encontraremos con varias ramificaciones a las que una vez más no atenderemos.

 

Mirando atentamente a las orillas del camino veremos morodos silvestres, o fresas salvajes. Los morodos son mucho más pequeños que las fresas convencionales, pero tienen mayor cantidad de agua y un sabor algo más ácido y agradable. Siguiendo todo recto no tardarán en desaparecer los árboles sobre nuestras cabezas. Es posible que algún gazapo o algún zorro salgan al encuentro del paseante. La presencia de los robles ha aumentado sobremanera en estos parajes.

 

Durante largo tiempo el avance se llevará a cabo por una suave bajada. La vegetación, por completo salvaje a ambos lados del sendero, harán de este tramo una de las partes más agradables y relajantes de la ruta.

 

Después nos volveremos a internar entre los árboles y, tras tomar una pronunciada curva a la derecha, nos veremos ante una bifurcación en la cual tomaremos la opción que se dirige hacia la izquierda, entre los padrairos. A la derecha podemos encontrar un pequeño prado ideal para hacer un alto en el camino, mas hay que cuidarse de los tocones que hay escondidos entre la hierba y que pueden hacer tropezar a quien no mire bien por donde pisa. Siguiendo la ruta y tras tomar varias curvas muy pronunciadas nos veremos de nuevo en campo abierto. La vía vuelve a ser relativamente regular, pero está cubierta de una hierba muy alta que la hace un tanto agobiante y opresiva.

 

En estos lugares, donde hierba de color pajizo no rodean constantemente, viven reptiles como lagartos, culebrillas, víboras, lagartijas y también algunos pájaros de pequeño tamaño. Suaves curvas serpentean a lo largo de este difícil camino. Hacia la izquierda aún podemos ver los soutos de los cuales hace poco salimos, mientras que a ambos lados hay diversos tipos de árboles a lo largo de la orilla.

 

No se tardará mucho en ver, al frente, el mirador de Pena Folenche. De hecho a los pocos metros se entra de nuevo en el pueblo concluyendo así la ruta.

 

Una vez aquí es aconsejable ir al mirador que hay en el centro del pueblo para disfrutar de las maravillosas vistas que hay desde este punto.

 

     
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